jueves, 15 de septiembre de 2016

¿Qué te he hecho?

Soy experta en darme golpes contra las esquinas de puertas abiertas mientras te ríes ante mi sangre deslizante. Lames mi herida como un perro sediento. ¿Qué te he hecho yo?
Soy experta en tropezar en la acera. Luego me pisas y limpias tu zapato de mi como si fuera una mierda aplastada.. ¿Qué te he hecho yo?
Soy experta en atropellarme con la rueda delantera. Mis huesos se rompen, mi aliento se apaga pero acelero lentamente para sentir mi vida desgarrada bajo tu rueda. ¿Qué te he hecho yo?
Soy experta en clavarme la aguja mientras coso un remiendo en mi pecho, remiendo que nunca podré terminar, ya que tú cortas el hilo casi al final. ¿Qué te hecho yo?




Yo no hice nada. Tú tampoco. Tan solo formamos parte de esas canciones de dolor de las que parece que hay que ser protagonista por lo menos una vez en la vida.









miércoles, 31 de agosto de 2016

Una melodía catastrófica

El ritual comenzaba justo antes del Gran Mar. Los habitantes de Lasbos ataban las vasijas de arcilla a las ramas de las araucarias, esperándola.
Todos acudían. Niños, adultos y ancianos sujetaban cuidadosamente los frascos sumiéndose en un calmo frenesí, en una pacífica invasión de la naturaleza.
Los que terminaban la faena volvían a casa y se posicionaban al frente, velando por la seguridad del hogar en el umbral de sus recuerdos y pertenencias. Resguardados de ella, pero con la intención de no perderse ni un segundo de ese instante.
Y de repente comenzaba. La melódica lluvia caía de las nubes rozando el aire y como si de un antiguo gramófono se tratase, este hacía que cada una de las gotas, dependiendo de su velocidad y volumen, produjese un si, un do o un re.
La introducción, una a una, poco a poco, era un Claro de luna en el atardecer. El segundo movimiento estrujaba las nubes recordando a Vivaldi y, al final, un excéntrico Pierre Boluez zarandeaba el aire desordenando las líquidas notas.
Cuando el concierto terminaba, los habitantes recogían las vasijas con cada una de las aleatorias melodías en su interior y las llevaban al altar.
Creían que aquel que más agua hubiera recogido, más probabilidades tenía de sobrevivir al Gran Mar.

Basado en uno de mis sueños de verano.

sábado, 30 de julio de 2016

Simbiosis contraria

Conectados al igual que lo hace una manzana a la batidora.

Chuf. Chuf. Chuf.

Unidos como una cremallera rota.

Conectamos de forma similar a la que lo hacen un polo positivo a uno negativo. El aceite y el agua. El sol a la luna. Iluminas una de mis caras y ensombreces las otras.
Me ocultas.
Unidos estamos, provocándonos rozaduras, provocándonos llagas.
Me hieres.
Si tú te mondas, yo me oxido.
Si yo me caigo, tú te haces añicos.
Sintiendo tú el frío, yo tirito.
Sintiendo yo el calor de una llama, tú te quemas. Tú apartas la mano.

Y por fin abandono la seguridad del veneno de tus tentáculos. No obtengo nada en limpio de esta contradictoria simbiosis.

jueves, 16 de junio de 2016

El agujero

Lo ví.

Era pequeño pero mis ojos los veían inmenso, igual que un niño mira al mar pensando si meter el primer pie en él.

Ese agujero era el reflejo de aquello que no había vivido y de aquello que sí pero que quería olvidar.

Era el agujero de las cosas que ahogan, de las cosas ácidas, oscuras y rotas. En él había barro y podredumbre, pelo de gato y espinas.

Acercándome a él una áspera lengua golpéo mi cara.

Cogí la alfombra y, como tratando de ocultar la basura que no queremos recoger con la escoba, lo tapé esperando recordar que no podría volver a pisar allí.

martes, 7 de junio de 2016

¡Qué grima!

Tú me das grima. Tanta grima que no sé describir lo que me sucede. Me das grima si me tocas la corva. Si te trago como una pastilla. Si te araño, con tu textura de papel. Me das grima cuando te rasco con un tenedor. Cuando muerdo la toalla que seca tu triste corazón.

No lo soporto más. Para de dibujar pensamientos de tiza en el aire. Aprieto los dientes. Siento un escalofrío.

Es hora de poner fin a la dentera que me produces.